viernes, 21 de noviembre de 2014

Un día cualquiera, corriendo.

Despiertas una mañana cualquiera, en un lugar cualquiera, para hacer los típicos quehaceres que podría hacer cualquier persona. Te miras al espejo. No eres nadie en especial. No te sientes especial. No te crees especial. Sólo una persona más. Abandonada a su suerte, en un lugar llamado mundo.

Las piernas te pesan. El corazón a duras pena, late de emoción. El cuerpo, te arrastra por las calles para llegar a su destino. Cada mañana igual, cada día igual, cada momento igual. La anodinia, esa maltrecha rutina, que te lleva por los cerros de la desesperanza.

Así era yo...antes de que llegase él. 

Un buen día me lo encontré. Estaba hurgando en los rincones de la ciudad. Le había visto merodear por la zona en algunas ocasiones. Nos saludábamos a menudo. Siempre desde lejos, de forma cordial. Se le veía genial, saludable, feliz. Me acerqué, y él me invitó a seguirle. Acepté.

Poco a poco nos fuimos conociendo. Los minutos, se fueron alargando. Comenzaron a aparecer, las primeras horas en el minutero. El tiempo, se fue evaporando a su lado. El reloj, se me antojó necesario, adictivo, una forma de saber cuánto pasaba con él. Había momentos en los que el tiempo corría rápido, otros en cambio, discurría demasiado lento.

Mis ropajes cambiaron. Necesitaba sentirme algo más cómodo en su presencia. Cambié la camisa por la camiseta. Los vaqueros por las calzonas. El calzado...se volvió vaporoso, colorido, excéntrico incluso, divertido, cómodo y...especial. Muy especial.

La gente nos veía juntos. Cuchicheaba. Alguien nuevo. No todos le veían bien. No todos estaban de acuerdo con sus formas. Sin embargo, me dejé guiar por aquellos que ya le conocían. Todos los que habían estado con él, le adoraban. Algunos también le odiaban, pero no podían reprocharle la felicidad que les había proporcionado.

Un día, me llevó a un lugar muy especial. Después de varios meses preparándome, ya estaba listo para llegar al sitio. Me pidió paciencia. El camino sería largo pero el objetivo, tendría su recompensa. Yo, con más miedo que confianza, le seguí.

Después de casi cuatro horas, llegamos al sitio. Una habitación vacía salvo por un detalle, un espejo. Me colocó frente a él. Me pidió, que le describiera lo que veía. Me acerqué dubitativo y eché un vistazo. El reflejo, me golpeó con la pura la realidad. 

Era alguien especial. Me sentía especial. Me creía especial. Las piernas ya no me pesaban, eran fuertes y ligeras. El corazón, bombeaba con una fuerza que nunca antes había visto. El cuerpo, mi cuerpo, era capaz de ir de un lado a otro sin esfuerzo. 

Sentía, que podía conseguir cualquier cosa. Sentía, que nada era lo suficientemente grande para no poder afrontarlo. Sentía, que todo el camino a su lado, había valido la pena. Que la recompensa, ya la había conseguido.

Después de ese momento, él se marchó.Ya me había mostrado el camino para llegar a ese lugar. Ya sabía cómo ser feliz, como conseguir ser distinto y mejorar mi vida. Yo mismo, me había convertido en parte de él. Era parte de su comunidad, de su círculo, de sus amigos.

Varios años más tarde, aún le veo. Siempre en la distancia, animando a otras personas a seguir su camino. Ya sea en un parque, o en una oficina, en la facultad...siempre con su vaporosa presencia, con su afán de superación, con su zalamería carismática.

Así es como yo conocí lo que significa correr. Así fue, cómo mi vida cambió. Así fue, como tras varios meses de duro entrenamiento, terminé mi primera maratón. Asi fue, como un día cualquiera...terminé corriendo.

Gracias Valentí. Tu vídeo, me inspiró para escribir esta entrada tan atípica, tan metafórica, tan vital. Gracias, por formar parte de la comunidad. Por ser parte de este estilo de vida llamado "Correr", running, deporte, llámalo como quieras. Lo importante, es la felicidad que nos proporciona.

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