viernes, 15 de mayo de 2015

Los 101 Kilómetros de Ronda 2015. Sufrimiento

Sin saber muy bien como, conseguí llegar a Setenil. No iba solo, Marta me acompañaba. Tras atravesar todo el pueblo por su zona central, llegamos al pabellón deportivo situado en las afuera de la villa. Fue una bendición poder determe. Eran las 21:15 de la noche.

Estaba bastante confuso. No tenía demasiado claro lo que quería hacer, pero sí que tenía claro que para continuar...debía salir de allí cuanto antes. Los pies me ardían con un dolor e intenso a cada paso. Debía priorizar, y la prioridad en ese momento era eliminar el dolor.

Por ello tomé la decisión de ir en primer lugar por la maleta (acerté dejándola en Setenil) para poder cambiarme lo antes posible y dirigirme corriendo al puesto de podología. Me acerqué a la carpa y en los legionarios me pasaron la mochila perfectamente empaquetada.

Me situé junto a los grifos de agua y empapé la toalla que traía en la maleta de cambio para retirarme el polvo del camino. No os hacéis una idea de lo agradable que fue esa sensación. Fui limpiando poco a poco todo mi cuerpo, me puse una camiseta nueva (la de MedRunning), me quité las calzonas y me planté unas mallas y encima, unas calzonas nuevas.

Hubo un momento en el que me quedé prácticamente en calzoncillos en medio de la zona, pero me daba bastante igual. Los pies los dejé indemnes a la espera de que me los curasen. Reorganicé rápidamente la nueva maleta y fuí al puesto a por isotónica, algo de que echarme a la boca y algo de comer. Además de un sandwich, nos dieron 6 onzas de chocolate. Sentó de lujo.


Marta me avisó que no paraba de dar vueltas, que me centrase de una vez. Estaba totalmente desorientado y obnubilado por el cansancio. Conseguí concentrarme y fui directo a los Podólogos. El panorama dentro del pabellón, donde estaban los Podos y Fisios no era muy halagueño. 

Bien es cierto que la mayoría de los que estábamos allí, era para ampollas y masajes de descarga. Pero nada más entrar, me senté y sacaron por delante mía a un hombre en camilla con una manta por encima y camino del hospital. Mentalmente, eso te trastoca.

Tras una corta espera, me atendieron. La casualidad que la chica que nos atendió, la conocí en la Feria del Corredor del Maratón de Sevilla (lamento no recordar su nombre) y sabía lo bien cuidado que iba a estar. Me quité las zapatillas, los calcetines y mis pies quedaron a la luz.

La reacción de la podóloga no fue demasiado buena. Me preguntó qué cómo había podido aguantar con eso en los pies, que los tenía fatal. Me limpió las heridas con clorhexidina y suero, fijó la piel muerta a la irritada y me colocó unas almohadillas grasas para amortiguar la zona.

Me dijo que con eso, aguantaría un poco y dolería un poco menos, pero que volviese a ir en el avituallamiento del acuertelamiento para que me lo volviesen a ver, que estaba fatal. Me recomendó que me tomase un ibuprofeno (lo hice nada más salir) y poco más.


Le agradezco muchísimo la labor tan profesional, cercana y humana con la que se estaban tratando a los marchadores. Gracias a los podólogos y fisio, muchos de nosotros pudimos terminar. Así que, si esta chica lee esta entrada, sólo me queda darle las gracias a ella y a sus compañeros.

Salí un poco más animado, con calcetines nuevos, el pie hinchado y un par de almohadillas que no me quitaban para nada el dolor, pero disminuía que fuese a peor. Eran las 21:40 y tenía que tomar una decisión rápida. No podía seguir mucho allí, ya había oscurecido.

No sé exactamente en que estaría pensando en ese momento, pero decidí seguir. Con 13 horas de margen para llegar, no sabía bien como, tenía que intentarlo. Tomé todo el material necesario, me planté el frontal en la cabeza, me despedí de Marta y fui hacia la salida del avituallamiento.

Antes de irnos, un legionario nos iba dando a cada uno un catadióptrico que debíamos llevar en la parte trasera de forma visible. A través de él, nos podrían localizar y podríamos ir siguiendo a los marchadores que tuviésemos por delante con la misma luz. Salí de Setenil.

Dicen que Dios aprieta, pero no ahoga y en mi caso me lanzó un salvavidas en forma de persona. Con un cansancio horrible, dolor acuchillante en los pies y la moral por los suelos, fui andando por el pasillo junto al pabellón en dirección a la calle. Encendí el frontal y comencé de nuevo a andar. Sin embargo, un señor (no nos preguntamos los nombres) se me acercó y estuvimos hablando.

Tenía un compañero. Salimos juntos de Setenil. Él iba mucho mejor que yo. Había dejado a su amigo en en el pueblo, prometiéndole este que se verían en el Acuartelamiento. Todo se me hizo un poco más fácil mentalmente. Trataba de ir a su ritmo, bastante más alto del que podía aguantar, pero forzándome a seguir adelante. Me ofrecía sus bastones, los cuales decliné por no saber usarlos. Me dió compañía, lo cuál me sentó genial.

Durante varios minutos anduvimos por un sendero llano donde la panorámica era impresionante. El camino se abría en el horizonte a través de las pequeñas luces que salían de nuestros frontales. A los laterales no se veía prácticamente nada y en la espalda, la oscuridad se tragaba nuestros pasos.

Los legionarios había colocado cada pocos metros tubos luminiscentes de color verde fosforito. Verlos era señal de que estábamos en buen camino, pero también era una pequeña fuente de esperanza visual que ayudaba a seguir adelante.

Los marchadores iban cada uno a su bola. La mayoría iban en grupos de 2-3 personas o con su propio equipo, pero había muchos que iban totalmente solos. Parecíamos zombies migrando a través de la noche. La estampa era tétrica y a la vez muy hermosa.


Paso tras paso fuimos avanzando lentamente a través del sendero. El camino comenzó a estrecharse y a dificultarse. El sendero se volvió pedregoso, lleno de afiladas piedras y cuestas resbaladizas. Pasábamos junto arrozales donde se oía croar a las ranas. Pasamos por encima de un riachuelo, a través de un puente improvisado por la organización. Todo ello, viendo lo justo.

De pronto llegó. El Sufrimiento. Pensé que la primera parte había sido horrible. Aguantando calor, soportando desniveles, luchando contra el dolor y el cansancio. Pero no tenía comparación con lo que nos aguardaba. Sin dudas, de Setenil en adelante viene lo peor.

Durante varios kilómetros estuvimos bajando sin parar. La temperatura descendió y decidí colocarme los manguitos y mi gorrito de Kelme. La hidratación seguía siendo mi punto fuerte, y no paraba de beber. Ahora no importaba sólo deshidratarme. Aumentar la tensión arterial, generar un estímulo mental de recompensa y ocupar la mente, por eso bebía.

Llegamos al A13 en el KM 62, el Cortijo de la Calle. Allí nos esperaban unos legionarios con agua, isotónica y un poco de fruta. Me paré y tomé un poco de todo. El compañero me esperó y seguimos juntos luchando hasta el siguiente avituallamiento. Habíamos tardado 1 hora en hacer 6Kms.

Llegó el calvario. Nada más salir del avituallamiento, el terreno se complicó aún más. Todo se puso literalmente "cuesta arriba". Para colmo no paraba de soplar un viento infernal que complicaba a veces la visión. El frontal iluminaba el frente y no era nada alentador.

En menos de un kilómetro, un desnivel positivo de casi 200 metros de altitud. Las piernas ardían. La rodilla izquierda empezó a doler, aunque no era aceptable en comparación al dolor en las bajadas. La espalda, totalmente inclinada hacia adelante para asumir la subida. Brutal.

No paraba de beber cada cierto tiempo. Parecía subrealista que prácticamente a la 1 de la mañana hiciera ese frío y que estuviésemos asumiendo tal esfuerzo físico. Cada paso era un calvario, era un poco menos de aliento para los pulmones. Los pies...no quiero ni recordar ese dolor.

Si hasta entonces había ido en "piloto automático", en ese momento me puse en modo "desconectado". Me convertí en un pelele, un autómata cuya única función era seguir adelante costara lo que costase. El terreno seguía siendo una auténtica putada.


El móvil me sonaba cada cierto tiempo. No quería preocupar a nadie, por lo que tenía que desabrocharme la maleta y buscarlo para poder responder a la llamada. Pero en el fondo, sabía que me venía bien oir una voz querida.

Durante todo el recorrido, Marta me estuvo llamando para saber donde estaba y poder planificarse. Del mismo modo, mis padres también lo hacían cada cierto tiempo. Pero fue una llamada de mi padre la que me sorprendió en medio de este calvario.

Seguía subiendo, siempre subiendo. Pillé el móvil y con el poco aliento y la voz queda respondí un simple "dime". Era mi padre, preguntándome que cómo estaba. No pude mentirle, ni esa vez ni las siguientes: "mal papá, muy mal. No voy nada bien, sólo quiero terminar". Mi padre, haciendo de tripas corazón me deseo ánimos y me instó a mirar el Whatsapp. 

Me despedí de él y seguí subiendo. Abrí la aplicación y lo ví. En el chat abierto con mi padre, dos fotografías. En ellas aparecía el arco de meta con mi madre junto a las vallas y un mensaje: "tu recompensa ya está cerca, no pensarías que nos lo íbamos a perder. Te esperamos campeón".

Algo se removió en mi alma. Creo que volví a llamar a mis padres sorprendido y preocupado: ¿estáis en Ronda?. Mi padre me instó a no preocuparme y a que siguiese adelante, que ellos esperarían. Eran a penas las 2 de la mañana y faltaban aún horas para que llegase. Pero ellos, estarían ahí.

Gracias a ese nuevo revulsivo. Gracias a añadir a mi lista de motivaciones, el que mis padres hubieran hecho tantos kilómetros para verme, pasando la noche en la interperie, con mi novia dando vueltas de un lado a otro, etc, etc. Seguí adelante. Tenía que lograrlo.

A base de seguir andando, continué junto a mi compañero hasta el A14 (Chinchilla) en el KM 65,4. Tardamos unos 40 minutos en llegar desde el anterior. Cada vez iba más lento. Allí nos esperaba un puesto con legionarios dando ánimos y ofreciéndonos isotónica, bebida y unos riquísimos dulces. Me pillé una palmerita que me sentó genial, hice pis y seguí adelante.

Sólo estaba a dos avituallamientos de llegar al Acuartelamiento. Una vez allí, podría descansar y cenar algo caliente. Sigue, sigue, sigue. No paraba de repetirme esas palabras en los intervalos en los que no llevaba la mente en blanco. Pero lo peor, aún no había llegado.

Si las anteriores cuestas me habían parecido una pesadilla, a pocos metros del avituallamiento, llegó el terror. Durante 5 kilómetros, tendríamos que subir sin parar un desnivel positivo de casi 500 metros. De nuevo, el poco aliento que me quedaba, se me fue volando.

Subir se volvió una proeza. Mi espalda cada vez estaba más inclinada hacia adelante. Algunas cuestas, tenía que subirla apoyando las manos en las rodillas. Mi cuerpo temblaba de dolor de arriba a abajo. Recuerdo que hacía algo de frío, que llevaba puesto los manguitos y el cortavientos, pero que mi frente estaba perlada por el sudor del esfuerzo.

Iba a la par del compañero, sin saber bien como, pero le seguía. Miraba a mi alrededor, buscando la cumbre. No paraba de repetirme a mi mismo: esto tiene que terminar, tenemos que estar arriba por cojones, no es normal que podamos seguir subiendo. Pero a cada curva, una nueva subida.

Por fin hicimos cumbre, tras más de media hora de agonía. Pero tal y como dicta la ley de la gravedad...todo lo que sube, baja. Reduje el paso, se me descompuso la cara y comenzamos la bajada. Si veis el perfil, veréis cómo de estar a 900 metros pasamos a estar en 550 en menos de tres kilómetros. Sentí miedo, mucho miedo. Y dolor, mucho dolor.

Cada paso era una jodida tortura. La zona anterior del tobillo haciendo de freno. La rodilla izquierda aullando de dolor. Los pies...en carne viva. Para más inri, ví como el compañero se iba alejando poco a poco. Sé que no lo hizo queriendo. Se fue alejando sin darse cuenta. Él iba más rápido, tenía los bastones para ayudarse en las bajadas y yo, no pude seguir su ritmo. Volví a quedarme solo.

Sin saber bien como, llegué al A15 Fuente de la Higuera. Las piernas apenas me respondía. Sólo ofrecían agua, así que rellené la botella y seguí adelante, inquebrantable, en el estado de shock mental que me mantenía en pie. De nuevo un falso llano, y volví a bajar.

Quería llorar. Quería gritar. Quería desplomarme, rendirme, dejar de sufrir. Pero seguía. Dejando de lado todos los pensamientos. Seguía. Marta me esperaba, me había llamado e indicado que estaba aparcada junto al Acuartelamiento de la Legión. Tenía que llegar. Tenía que llegar.

Imagen de: www.mendimartxak.com.es
Lo último que recuerdo antes de llegar a la base, es que una pareja de corredores me llamó: "¿Emilio?". Era la chica que había conocido Marta allá por Alcalá del Valle. Me detuve a hablar con ellos brevemente. Ella estaba sosteniendo a su marido que andaba a duras penas gracias a su ayuda. Me contaron que él no podía más, que se retiraría en el cuartel. 

La rodilla le estaba matando y no podía continuar. El sufrimiento en su cara era contagioso. Intenté instarle a seguir, a terminar como pudiese, pero él me lo dejó claro: "Yo tengo tres hijos, y no tengo necesidad de estar haciendo estas cosas, llego al acuartelamiento y lo dejo".

Fue un momento muy duro. Me dio mucha pena saber que ese hombre no podría terminar. Me despedía de ellos, no sin antes agradecer la grandísima ayuda que su mujer me había brindado en Alcalá. Ayudó a Marta, estuvo con ella y además me ofreció un ibuprofeno que me salvó más adelante. Muchas gracias, espero que os recuperaseis ambos.

Seguí adelante, bajando. Las cuestas eran imposibles. Había momentos en los que no caerte, hubiera sido lo extraño. Bajar, y bajar y bajar. De pronto, el terreno fue disminuyendo su desnivel. Cruzamos un paso a nivel de tren y llegamos. El Acuartelamiento.

En la zona externa estaba Marta hablando con un legionario. Fue curioso porque, con sentido del humor, empecé a hacerle ráfagas con el frontal para que se diese cuenta de que era yo quien estaba pasando por su lado. Se despidió del legionario y se puso a mi lado.

Poco a poco, fuimos avanzando a través del acceso a la zona militar. Muy lentos. Verla me dio energías. En parte no quería hablar con nadie, pero me reconfortaba que estuviese a mi lado. Que me hablase. Que me hiciera sentir querido.

Me confirmó que estaría conmigo hasta el final. Estaba durmiendo a tirones entre los avituallamientos, ya que tardaba casi dos horas entre cada uno. Cada vez iba más lento. Fuimos llegando a la zona de acceso principal, y allí tuvo que dejarme. Me avisó de que estaría en Montejaque, que la llamase con lo que hiciera falta. Gracias Marta, no sabes cuanto.

El paso por dentro del cuartel se me hizo eterno. No llegaba el final. Edificios y edificios militares. Largas avenidas. ¿Donde cojones está el puto pabellón para los marchadores? Al final de la calle giré la vista a la izquierda. En la calle paralela había un edificio con las ventanas iluminadas. Debía ser allí. Me fuí arrastrando como pude. Tomé una última cuesta y llegué al pabellón.

Había llegado al avituallamiento del acuartelamiento. Mi futuro se tornaba oscuro e incierto. Necesitaba cenar algo. Necesitaba tomar decisiones. Necesitaba saber si seguiría o no adelante. Subí las escaleras y me puse a la cola. Serian las 4 AM. Hora de Cenar.

1 comentario:

  1. Que sufrimiento. Yo lo pase mal, pero no tanto. No tuve sensacion de frio en toda la noche, es mas, me cambie de ropa como tu y me puso una camiseta de manga larga, y que me la arremangaba de vez en cuando. El cortavientos y las mallas largas se quedaron en la mochila todo el rato. Me dijeron lo del chocolate, pero no lo vi, lastima porque me hubiera ido muy bien. A seguir tu cronica, muy interesente

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