domingo, 17 de mayo de 2015

Los 101 Kilómetros de Ronda 2015. Humildad

Hagamos balance de daños. La espalda, encorvada, cansada y jodida. La mochila de hidratación descansa sobre ella como si fuera yunque. Los lumbares destrozados, voy inclinado hacia adelante sin poder mantener la postura. Las piernas son un despojo, y tras la rodilla izquierda, un acuciante y molesto dolor que declara la cercanía de una posible rotura.

Pero eso no es nada en comparación con los pies y la cabeza. Los pies, en carne viva, machacados, demolidos, a punto del desastre. La cabeza en blanco, obnubilada, "ida". Sólo piensa en seguir andando, en seguir luchando, en seguir avanzando de forma instintiva.

Acuartelamiento de la Legión. Kilómetro 75,4 A16. Serán las 3 o las 4 de la mañana, no lo recuerdo. Avanzo poco a poco hacia el edificio iluminado a sabiendas de que he llegado a la "trampa mortal". Todos los cientouneros con los que hablé me lo dejaron claro: lárgate rápido de allí, o no serás capaz de continuar.

Subo unas escaleras y unos legionarios me explican el acceso al pabellón. Me dan una bandeja metálica, de esas que les dan a ellos para comer. Apenas puedo sostenerla y me tambaleo estando parado. Hago cola para cenar. Un legionario nos mira y nos grita: lo nuestro es duro, pero lo vuestro lo es aún más. Gracias por el consuelo.

Imagen de Carrerasdemontana.com
En la bandeja nos sirven: caldo de puchero, una palada de arroz tres delicias, dos salchichas que sabían fatal, un par de patatas fritas de paquete, un chusco de pan, agua y un plátano. Por lo que veo, nada de cenas de lujo. Una cena para un legionario.

En la sala reina el silencio por parte de los marchadores. Sólo se oye a los legionarios, sus pasos, el repiqueteo de las bandejas. Los sufridores tienen las caritas descompuestas y comen sin ganas, pero sabiendo que les hará falta para sobrevivir al resto.

Me quité los manguitos, el cortavientos, el gorro y el portadorsal. Es un consejo que recomiendo. Retirar las prendas de abrigo, te ayuda a adaptarte mejor al ambiente cálido del comedor y a poder ponerte algo cuando vuelvas a salir. Quitarte el dorsal, te da libertad física y mental.

Sin pena ni gloria me senté en una de las mesas metálicas, las piernas apenas podían flexionarse. Empieza la cena. En poco menos de 10 minutos, conseguí las suficientes calorías para poder continuar el viaje. Reorganicé la mochila y saqué el pasaporte, quería mirar algo.

Lo que yo pensaba. El recorrido todavía podía ponerse peor. Nos tocaría bajar durante cinco kilómetros, subir un desnivel positivo de 300 metros en otros cinco kilómetros para volver a bajarlo en los siguientes. Repetir la tortura una vez más y terminar subiendo los últimos cinco.

Respiré hondo. A pocos metros, un hombre sostenido por varios legionarios vomitando en medio de la sala. El lugar respiraba "buen ambiente". Hay que seguir. Me puse la mochila, rellené las botellas de agua y fui a la enfermería (cuesta abajo y a varios metros del comedor).

Allí tuvieron la amabilidad de darme un ibuprofeno. Mi estado de hidratación seguía siendo bueno, no pondría en riesgo a mis riñones, y podría acolchar un poco el dolor. En la enfermería la cosa tampoco pintaba bien. Gente en camillas, una de ellas con una vía puesta.

A la salida, la motivación continuaba. Junto a la enfermería, un pequeño autobús lleno de marchadores con la cara ida, con la cara de decepción. Contacté visualmente con uno de ellos, me miró con la cara abatida y retiró la mirada, como avergonzado. Horrible.

Llamé a Marta, que me esperaría para darme un ibuprofeno a la salida del acuartelamiento. Le dije que no hacía falta y salí del recinto dispuesto a afrontar los últimos 26 kilómetros. Estuve bajando durante un par de kilómetros, con el frontal marcando el horizonte.

Las bajadas hacían tiritar cada célula de mi cuerpo, pero con pequeños pasos se podían hacer. En este punto, el ritmo de carrera se me redujo aún más. Apenas llegaba a los 5 kilómetros/hora. Al llegar al kilómetro 80, el camino se volvió surrealista.


Pedregoso, empinado y en zigzag bajo una cúpula de árboles que entre curva y curva, tapaban lo que nos deparaba al seguir subiendo. Marcho solo, y dejo de ver a marchadores por delante mía. Algunos me van pasando y se vuelven a perder en el desnivel. Subo, y subo y subo.

Tras esta durísima cuesta, llegamos a la cumbre donde cursamos un falso llano en pendiente negativa. Un par de minutos "tranquilos" y de nuevo la tortura: cuesta abajo. El cementerio de Montejaque estaba a 1,5KM pero invierto prácticamente 30 minutos en hacerlos.

Llegada a Montejaque, A17, Kilómetro 83,30. Junto al cementerio, unas carpas de la legión donde ofrecen por primera vez café. Me quedan aún varias horas por delante y me planteo seriamente tomarme uno. La gente está tomándolo con mucho gusto y alabando su sabor, pero temo dos cosas: por un lado, que me termine dando diarrea, por otro lado que me de un pequeño subidón y que después venga el conocido efecto rebote que me deje por los suelos.

Opto por seguir bebiendo agua e isotónica. Me siento a tomar aliento y salgo del recinto. Allí me espera Marta, con la carita congestionada por el sueño. De nuevo, es como estar en un oasis en medio del desierto. La compañía humana, el poder charlar con tu ser querido, te da jodidas fuerzas para seguir adelante. Me dirijo al coche con ella, un legionario me pregunta que si abandono: "no, voy a sentarme un momento, pero yo sigo" le afirmo con rotundidad.

¿Cómo vas? Me pregunta Marta. "Fatal, las piernas me están matando, las cuestas me están matando. Los pies me están matando" respondo. Bueno, venga ánimo que tu puedes. Estaré en Benaoján esperándote (me anima). 


Preparo una última botella con sales, me tomo un plátano y me echo un poco de reflex en sendas rodillas y cuádriceps. Iba a ponérmelo también en la espalda pero Marta me avisó de los riesgo de llevar esa zona mojada, así que decliné de usarlo ahí.

He de decir, que el transcurso desde Montejaque a Benaoján es quizás de los más feos de todo el recorrido. Discurre prácticamente por carretera, pero a mi parecer, fue un momento tremendamente precioso. Andando por el arcén, a mi izquierda el quitamiedos me separaba de un barranco y en el horizonte una montaña acompasada por el sonido de un río.

A mi derecha, la carretera, con pocos coches circulando pero que respetaban y sabían perfectamente que estábamos allí. En el otro extremo, otra montaña nos flaqueaba el paso, enorme, dura y llenar de las características irregularidades que el viento fue tallando.

Por delante, una bonita fila de luces rojas y frontales blancos, desplazándose al únísono por la zona segura de la carretera. Y al alzar la vista al horizonte: Benaoján. Un pueblecito precioso durante la noche, iluminado, milagroso, que nos marcaba el camino hacia el siguiente punto.

En ese momento seguía sufriendo, muchísimo. Pero experimenté un extraño pico de moral. A pequeños pasos fui descendiendo por la carretera, bajando sin cesar el terrible desnivel negativo. Cada pocos minutos, un buchito de agua para entretener la cabeza e hidratarme.

Así, poco a poco, fue como conseguí llegar a Benaoján. Nada más entrar, ví el coche de Marta. Me asomé y no la ví. Supuse que estaría un poco más adelante. Craso error. Iba tan "acarajotado", que no ví a Marta en el asiento trasero echando una cabezada.

Seguí avanzando hasta llegar al A18, Kilómetro 87,10. Allí de nuevo ofrecieron café, y de nuevo decliné la tentación. El transcurso por el pueblecito fue muy bonito. Las calles eran llanas en su mayoría y varios marchadores nos pusimos a la par. Algunos de ellos me sobrepasaban, me preguntaban si estaba bien, si necesitaba algo. Te daban aliento para continuar.

Saliendo de Benaoján, el paisaje se tornó aún más bello. Casitas escondidas entre las curvas que realizábamos, cruzar un río, pasar por encima de las vías del tren. Sinceramente, es una zona bonita para volver y hacerla tranquilamente.

De nuevo comenzamos una subida terrible de casi 300 metros de desnivel positivo. De nuevo cuestas imposibles, un camino que se estrechó hasta el punto de no poder ir dos personas al lado y los corredores que no paraban de sobrepasarme tan tranquilos, Cada vez iba más lento.

Pero entonces, ocurrió algo extraño. Me dí cuenta que la luz de mi frontal estaba perdiendo intensidad. Hasta entonces, el haz de luz había sido de los más potentes de los que había visto. Sin embargo, ahora apenas iluminaba un metro por delante mía.

Seguía avanzando, ayudándome de la luz de los corredores y preocupado en si cambiarle las pilas o no al frontal (llevaba pilas en la maleta, por si acaso, recomendable). Pero en mitad de estos pensamientos, miré al frente y ví que todo a mi alrededor ya no era tan oscuro.

Estaba amaneciendo. Y en esa mezcla de dolor, miedo por no ver lo suficiente y satisfacción al ver que estaba amaneciendo, seguí mi camino. Al llegar a la cumbre...maldita sea, era una auténtica maravilla lo que encontré. Me da mucha pena no haber podido disfrutarlo más.

Balcón del coño. Al lado de Ronda
El cielo se empezó a tornar azul, a nuestro alrededor campo y montaña. Una montaña que tapaba el amanecer, pero que permitía que todo a nuestro alrededor estuviese iluminado. Era una estampa impresionante. En una de las ocasiones que me detuve, al llegar arriba, me giré y me entraron ganas de llorar. El camino descendía, los marchadores subían y de fondo las imponentes paredes de la serranía rondeña rodeadas de campo y de césped verde en su parte inferior. Brutal.

Pensé en hacer un vídeo, una foto. Pero no tenía tiempo para pararme demasiado. No quería desfallecer con las ñoñerías. Dejé atrás el entorno, y seguí avanzando. Llegamos a un avituallamiento con agua. Pensaba que sería el A19, pero me equivoqué en rotundo.

Estuve casi una hora y media para recorrer 4 kilómetros, aún quedaba uno más para el avituallamiento. Mis padres y Marta me llamaban. A los primeros, que pernoctaron toda la noche en el coche en Ronda, pasé de decirles que llegaría a las 7, a las 8, a las 9...cada vez peor.

Bajamos una cuesta terrible, terrible. y volvimos a ascender durante un kilómetro. Llegué por fin al A19 Cortijo de la manía KM 92,10. Allí de nuevo tuve que pararme, comer algo y beber isotónica. Me senté un momento en los pequeños banquitos metálicos habilitados.

El comentario de un señor me hizo espabilar. Eran las 8:15 de la mañana y dijo lo siguiente: "estamos en el kilómetro 92, poniendo que vayamos a una media de 4 kilómetros por hora, hay que darse prisa si queremos llegar en tiempo antes de las 11".

Parecía descabellado, pero tenía toda la razón del mundo. Cada vez íbamos más lentos y sólo quedaban dos horas y media para recorrer los 9 kilómetros que nos separaban de la victoria. El orgullo, la cabezonería me zafó del banco y me puso de nuevo a andar.

A pocos kilómetros de terminar los 101
Los siguientes cuatro kilómetros hasta el A20 fueron duros, pero con la certeza de llegar, andaba y andaba sin parar. Con la luz del sol, la cabeza se volvió algo más lúcida. Sabía las zonas que me dolían, sentía aún más el cansancio, pero la ilusión por terminar era más fuerte.

Otra vez una bajada desconsiderada, pero en un entorno alucinante. Bajábamos por un camino de buenas dimensiones, que tomaba una curva en dirección izquierda y se adentraba entre dos montañas. En cada zona de ese camino, se podía ver a los pequeños puntitos de distintos colores, marchadores con sus distintas indumentarias dándole colorido al sendero.

Mis andares eran patéticos, y muchos se me quedaban mirando mitad con compasión mitad con curiosidad. Las zonas menos empinadas, las bajaba dando pasos de pinguino. Las zonas con más pendiente las bajaba "de lateral", apoyando la mayor parte del peso en la pierna derecha y evitando así el impacto en la rodilla izquierda.

A poco menos de un kilómetro del A20, me encontré con dos marchadores amigos entre ellos, que me animaron y me instaron a unirme a ellos, a su ritmo, que lo conseguiríamos juntos. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento. Me ayudaron a ir un poco más rápido unos minutos.

Justo antes de llegar al avituallamiento, comenzamos una subida donde se escuchaba a lo lejor el ruido del motor del camión militar. Ese sonido metálico ensalzó mis fuerzas y tiré "palante" como un descosido. ¡Que sensación llegar al último avituallamiento!

En ese punto vi a Thony (otro cientounero que se estrenó en esta edición), con intenciones de hacerse una fotografía junto al cartelito del avituallamiento. Sin dudarlo me fui hacia él, se lo comenté y le eché la instantánea. A continuación, no pude evitarlo, y le pedí que me echase otra a mí. Necesitaba inmortalizar la locura, mi cara, mis emociones, mi logro.


Eran las 9:15 más o menos. Iba en tiempo, aunque cada vez más justo. Lo iba a lograr, lo iba a conseguir. Sólo estaba a un paso de terminar los 101 de Ronda. Sólo quedaba superar una de las partes más peculiares del recorrido: "La cuesta del Cachondeo".

Pero no estaba triste, ni abatido. Estaba emocionado. Sólo quedaba seguir subiendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario